Crónicas del subsuelo: La noche gótica - Mendoza Post

2021-12-31 18:18:24 By : Ms. Ashley Yang

Excepto algunos trapitos asidos al alambre por los broches, la mayoría, voló por los aires arremolinando la cuadra: camisitas viejas, chombitas de niño gastadas por el sol, remeritas de un equipo de fútbol completo dilapidadas en la masa de arena y polvo, bajo un infernal zonda, que ésta vez, viene soplando desvarío de los dioses en pacto con demontres, luego de traer los caballos de la brida. Si en el mundo se habla de explosiones, acá, en la zona sur de la Malasya austral, se producen implosiones.

-Veremos: el edificio detona por la fuerza centrífuga del subsuelo del 5to infierno (allí donde se agazaparon las monjitas con los caniches una vez, cuando birlaron el ascensor), la pirámide sufre una suerte de erosión letal en uno de sus cantos, y caen, rodando en traqueteo rectangular, los millones de ladrillos de Guiza, lo cual genera la estampida de los camellos hacia el Valle de Luxor, hacia el sur, porque Guiza está a pasitos de El Cairo; y el Valle de los Faraones, donde Akennón perdió el poncho. (Baste decir, el único gaucho egipcio por la zona). La ruta perdida no es la que figura en el mapa delineado a mano, tal vez a las líneas que marcan la cuadra no las haya dibujado bien la encofiada holandesa de los tirantes del Sahel; y la izquierda, la callejuela de la izquierda para entrar a la boca del lobo, se situaba un poco más allá de lo que signaba el mapita.

Encofiados, pasan dos hombres en absoluto silencio, le tirita la mano a uno de los dos, al menor, (por los rasgos de los ojos bien podría pensarse que era el menor de los dos encofiados, sin un toser apostático, de fina estampa al caminar y suave en sus pasos suspendidos en la huracanada baldía). Es menester anunciar que el tubo de oxígeno para los propietarios de las cucarachas domésticas llegará en menos que cante el gallo. Eso, si la cabra vitriólica está de buen humor, con sus pompones parados en el culito, a la altura de la cola. Así se pone la cabra suicida y torpe. Enloquece por una corrida y se le ha dado por gracia subir a la mesa a la hora del té, tirando en su resbaleteo las tostadas con manteca y las tazas repletas

Es una herida, un tajito, zanjada la piel en un hilo de lesión con brote de rosas de sangre, envuelto en papel de diario, tibio, por la calidez del papel sangre, bulle, la tibieza de las gotas. Recuperan su río imaginado en las venas, de nada sirve si salen de esa manera, tornando el rojo en el plenilunio, con la lunita que ahora labura de repositora en el supermercado de la vuelta, a ocre de ajado, lunita traviesa y pendenciera, oprobio de los madrugadores de ario fulgor. Lívida y venal. Para el crecimiento suculento, como si fueran a explotar de vida.

Consuelo. Eso es lo que piden en los altoparlantes. Consuelo para las dispersiones de camellos. A las familias propietarias se les repartirá el pack de tratamientos interespecie. Del camello superior, el manya pasto, a la jirafa. Entre las jirafas y los camellos hay cachengue. Al turismo lo vuelve loco el espectáculo, sobre todo cuando entra un Boxitracio a arbitrar los golpes de cuello. En el enredo de cogotes difícil separarles. Por eso los perdigones de los francotiradores que trajeron de Francia, dan contra los cogotes de las jirafas y los camellos para desabotonarlos, (las viejas le echaban un baldazo de agua fría, como a los perros que se abotonan en las calles y gritaban de éxtasis y dolor) Que empiezan a perder sangre y siguen peleando. Pero encogotados. Mordiéndose con esos dientes de Urano. Como a uno de los camellos le divisaron un diente de oro, se le fueron al humo los condenados de la pirámide y mientras algunos le chupaban la sangre o ponían el piquito de la truchita abierta para que les caiga el chorrito, como una bota de vino vasco, otros, más ambiciosos por el oro, con un cuchillo filosísimo le arrancaban los dientes a camellos y jirafas. Manso descontrol se armó. A tal punto que el árbitro Boxitracio tuvo que retirarse haciéndose bien el pelotudo, por inútil. El siga siga no era para una final como ésta. Podrán imaginar ustedes, habiendo tantos árbitros internacionales.

Sobre la copa de los arboles han montado una especie de carpa gigantísima, con una tela que imita el amianto, apta para las quemazones de fiesta medieval; desde arriba es claro el mensaje: el granizo vómito de piedras hace yagas en el tendedero que da hacia el aeropuerto confinado. Las bombas no le han hecho mucho daño que digamos al sector del buffet, y a los baños han ido a parar quienes tienen esos hábitos: el vapor de la ducha, la cantinela de oraciones dispersas por la hecatombe. Con el vasito de café humeante llega un bombero a la fiesta y es recibido con honores porque trae al gatito de la mano, salvado de la pedrada. Hay gozo y aplausos, destape de botellas añejas celebrando en la tragedia la noche gótica de los edificios y heladerías. Se cuelan las librerías para ciegos y los ademanes de la policía montada que lleva los baldes con sabor chocolate puro, cacao para las depresiones y un diario sábana para ver novedades del año 1985. Si es como dicen los golosina caníbal, la literatura sabe esperar y en el imperio de las novedades el top se lo lleva el más bicho que corriendo ha llegado al concurso para entrar en el ranking. En fin, la obra en constante refrito ante tantas vigilancias se decide por el noise y deja que bomberos y viajeros sean las estrellas del dub, dejando de lado la súbita muerte de familiares que saludan desde el primer piso, haciendo espamento por despedidas de quién sabe.

Es momento de contratar el servicio de la novena, para que el curita seductor venga a ocuparse de todos los rezos: 9 padre nuestros, nueve ave marías, 9 campamentos, en 9 orgías. Todo dicho en silencio, con la cabeza gacha, un murmullo rebota en las paredes y en la cúpula de Monasterio Público Fiscal. La dama de hierro ahora se desnuda ante la calvicie de principios. Los morales de la guía triunfan en el sorteo de apellidos pero nadie los ha llamado por teléfono siquiera para anunciarles el día de la entrega de los premios, que, según los organizadores, se haría en la punta del cerro más cercano a la ciudad, donde ya saben del velo y del almizclar, y la mirra, que le gana en ahorro al incienso. El olor es fétido, por el ardor nadie se preocupa porque primero se manifiestan las náuseas en ascuas, y los cafecitos por temor a la invasión han cerrado justamente para que no le vomiten las mesitas o las manos a la moza que les sirve. Del supuesto drama se vuelve encantador el acontecimiento y una de las viajeras recita en situación de despedida para siempre unos cantos anónimos castellanos de viejo pronunciar, si con ese pacto ya no queda esperanza, al menos que haya rezos y sustancias que dejen ir en paz a los moribundos. De ahí que aparecen las bandejas con las setas alucinógenas para el último viaje que no despega, aunque explote un rayo sobre el vidente de la noche, le saquen los ojos para que no vidente nada, porque ya con el abrir se suelta la llamarada ver. "Deje en paz a esos bichos", dice el encargado del zoológico abandonado, "que cenen primero a los muertos, que a los heridos estamos esperando".