Qué le ocurre a tu cuerpo cuando sufres un infarto

2021-12-31 18:18:31 By : Mr. QINGPEI SHEN

La enfermedad cardiovascular es la principal causa de muerte en todo el mundo. Los ataques al corazón son una de las cardiopatías más frecuentes, afectando tanto a hombres como a mujeres y ocasionando aproximadamente un tercio de todos los fallecimientos en personas mayores de 35 años.

Para entender mejor qué le ocurre al cuerpo cuando se sufre un infarto, tenemos que aclarar qué es el infarto y cómo se diagnostica. El infarto agudo de miocardio, conocido también como ataque al corazón, es la necrosis o muerte de una porción del músculo cardíaco que se produce cuando se obstruye completamente el flujo sanguíneo en una de las arterias coronarias. Al perderse la irrigación sanguínea en el tejido del corazón, se produce una falta de oxígeno que ocasiona la muerte de las células.

La mayoría de los ataques cardíacos son provocados por un coágulo que bloquea una de las arterias coronarias (las que llevan sangre al corazón). Esto puede ocurrir cuando hay una placa de ateroma, es decir, un engrosamiento causado por la acumulación de colesterol y otras células en la pared interna de la arteria. Cuando se erosiona o se rompe una placa en la pared de una arteria coronaria, rápidamente se forma sobre ella un coágulo que puede bloquear el flujo de sangre oxigenada a una parte del miocardio (corazón). Esta es la causa más común de un ataque cardíaco.

La placa de ateroma es una lesión en la pared interna de una arteria en la que se acumula colesterol, impidiendo el flujo de sangre. La Voz de la Salud | iStock

«El síntoma más frecuente del infarto es un dolor en el pecho muy característico. Es un dolor opresivo, muy intenso, como un peso sobre el pecho que se mantiene en el tiempo, no viene y va como los cólicos. No es punzante, no es puntual, sino que el enfermo lo señala con la mano entera. Del pecho puede irradiar a la espalda y a la cara interna de brazos y antebrazos. A veces, el dolor puede localizarse en la boca del estómago y confundirse con una indigestión», detalla el doctor Carlos Macaya, presidente de la Fundación Española del Corazón (FEC). Este síntoma, explica el experto, es común a hombres y mujeres, aunque no se da siempre. «Nunca hay síntomas que se cumplan en el 100 % de los casos», aclara.

En realidad, los infartos no siempre son los episodios dramáticos que vemos en películas y series como el caso reciente de Sex and the City, en las que se muestra, generalmente, a un hombre sufriendo un repentino dolor en el pecho, desvaneciéndose y respirando de forma agitada. La experiencia del infarto puede variar mucho y, en muchos casos, no da esos síntomas.

Las mujeres sufren ataques cardíacos en la misma medida que los hombres y, sin embargo, ellas fallecen más por este motivo que ellos. Esto se debe a distintos factores. Por un lado, señala Macaya, las mujeres suelen demorar más tiempo en acudir a urgencias cuando sufren el infarto. «Se cree erróneamente que los infartos afectan solo a los hombres, entonces una mujer puede estar sufriendo un infarto y no sospechar que eso es lo que le pasa», postula. Lo que ocurre es que un ataque al corazón puede, por su sintomatología, pasar desapercibido en algunas mujeres.

Aunque el dolor opresivo en el pecho es el síntoma más común, existen otros menos característicos que se manifiestan más en mujeres que en hombres: fatiga, malestar en la espalda, mandíbula o cuello. A veces, pueden incluso darse infartos indoloros. Este tipo de síntomas dificultan el diagnóstico y retrasan, por lo tanto, el tratamiento, lo que provoca mayores daños al corazón. Esto hace que más mujeres fallezcan por infarto antes de llegar al hospital, con respecto a los hombres (52 % frente al 42 % en ellos).

Las mujeres también tienen un peor pronóstico, a grandes rasgos, que los hombres tras haber sufrido un infarto. En parte, porque ellas no son derivadas tan frecuentemente como los hombres a programas de rehabilitación cardíaca. Estos programas ayudan a impedir nuevos episodios coronarios.

Para evitar todos estos problemas, es clave que no solo los especialistas, sino las pacientes estén informadas y sepan estar alerta a los síntomas específicos que pueden presentarse en ellas, para comunicarlos y actuar a tiempo.

«Desde el punto de vista de la atención clínica, el infarto agudo de miocardio reúne todos los requisitos para ser considerado una verdadera urgencia médica», explica Antonio Fernández-Ortiz, Jefe de la Unidad Coronaria del Instituto Cardiovascular del Hospital Clínico San Carlos de Madrid, en el Libro de la Salud Cardiovascular. Esto es porque, como señala Fernández-Ortiz, «la eficacia del tratamiento va a depender, en gran medida, del tiempo transcurrido desde el inicio de los síntomas hasta su administración».

Cuando el dolor persiste durante más de 8 o 10 minutos, hablamos de un infarto. «A partir de ese momento, se empiezan a morir células por falta de oxígeno. Entonces el paciente empieza a tener un cortejo vegetativo, es decir, sudoración, palidez, angustia. Las células mueren por capas, no de golpe. Entonces, el infarto tarda entre 4 y 8 horas en desarrollarse por completo. Es en esa ventana de tiempo cuando podemos intervenir», explica Macaya.

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«Cuando un paciente tiene estos síntomas, debe avisar inmediatamente a los servicios médicos de urgencias. De esta forma, el servicio en seguida entra en contacto con el enfermo, puede llegar en cuestión de minutos con una ambulancia medicalizada, se le hace un electrocardiograma de diagnóstico y, si se comprueba el infarto, se avisa al hospital más próximo que tenga disponible una unidad hemodinámica, de cateterismo o cardiología intervencionista», dice Macaya.

Con esta llamada de alerta, «se activa mediante el código infarto a todo el personal necesario para que el paciente ingrese al hospital sin parar en urgencias, yendo directamente por vía rápida al quirófano, donde le estará esperando el cardiólogo para entrar con un catéter al corazón para ver la arteria coronaria obstruida que ha producido el infarto. Lo que tendrán que hacer será abrirla cuanto antes, colocando generalmente un stent para que se vuelva a irrigar toda la zona», detalla.

En otras palabras, se abre la arteria coronaria bloqueada para que pueda suministrar sangre al corazón. Se llega al coágulo con un catéter introducido desde la muñeca o la ingle. En el sitio de obstrucción se inserta el stent, un pequeño tubo de malla de metal que se expande dentro de la arteria impidiendo que esta vuelva a cerrarse. Este procedimiento se denomina angioplastia primaria y es uno de los tratamientos que hay para el infarto. «Cuanto antes se haga, más músculo salvaremos, ya que podemos interrumpir la evolución del infarto», destaca Macaya.

Lo crucial, explica Fernández-Ortiz, es lograr la recanalización coronaria, es decir, eliminar la obstrucción en la arteria. Para ello, no siempre es necesaria una angioplastia. En muchos casos, «la recanalización del vaso ocluido se puede conseguir mediante un tratamiento farmacológico a través del cual se administran por vía intravenosa sustancias trombolíticas capaces de lisar o disolver el coágulo que obstruye la arteria», aclara. Estos agentes trombolíticos están indicados en las primeras 12 horas de evolución de los síntomas, pero son especialmente eficaces si se administran de manera precoz en las primeras tres o cuatro horas de evolución del dolor torácico.

La importancia de la intervención oportuna, por lo tanto, no se puede soslayar. Se trata de una cuestión de vida o muerte. Si sospechamos que alguien puede estar sufriendo un infarto, debemos alertar de inmediato al servicio de urgencias. «No hay que coger un coche y llevarlo en coche particular al hospital. Hay que hacer la llamada y esperar a que vengan los expertos, que son quienes están preparados para activar la e iniciar el tratamiento que es abrir la arteria coronaria», dice Macaya.

«El infarto es mortal cuando es masivo, muy extenso, muy grande. También cuando se desencadena una arritmia durante el infarto. Es decir, cuando aparecen unos latidos consecutivos muy rápidos que causan fibrilación ventricular, parando el corazón», explica Macaya.

«La mayoría de las muertes por infarto agudo de miocardio suceden de forma repentina durante la primera hora de evolución de los síntomas debido al elevado riesgo de fibrilación ventricular. La fibrilación ventricular es un trastorno en el ritmo cardíaco debido al cual el corazón comienza a contraerse de forma muy rápida, desordenada e ineficaz, como si fuera una bolsa llena de gusanos. A efectos del bombeo de la sangre, la fibrilación ventricular es similar a una parada cardíaca», detalla Fernández-Ortiz.

En definitiva, la clave está en intervenir cuanto antes para que acuda una ambulancia «equipada con un monitor y un desfibrilador automático, así como con personal entrenado en maniobras de resucitación cardiopulmonar por si fuera necesario», señala.

«Si la intervención es exitosa, el alta puede ser muy pronto. El paciente se va a poder ir a su casa a los 3 o 4 días. Si el enfermo tiene complicaciones, la estancia hospitalaria puede ser más larga, de hasta una semana», dice Macaya. Después del infarto, el tratamiento posterior dependerá de cómo haya quedado el corazón. «Si un paciente es atendido precozmente, lo más probable es que sobreviva sin secuelas significativas. Su tratamiento posterior se centrará en controlar los factores de riesgo cardiovascular y modificar los hábitos de vida para prevenir la aparición de un nuevo episodio coronario», explica Fernández-Ortiz.

«Si el corazón queda muy dañado, habrá que hacer rehabilitación cardíaca. De hecho, a todos los pacientes se les aconseja esta rehabilitación, para que cojan confianza en sí mismos y puedan reincorporarse a una vida lo más normal posible, incluyendo hasta la vida sexual», indica Macaya. Lo que ocurre es que, tras un infarto, «muchas veces, el paciente queda muy conmocionado, asustado psicológicamente y pierde confianza en sí mismo y su fortaleza. Hay que recuperar esa confianza, con una rehabilitación física y otra psicológica. La psicológica se hace explicándole al paciente lo que le ha ocurrido, la dimensión del problema, cómo se halla el corazón, y qué puede esperar a partir de ese momento. La rehabilitación física consiste en ejercicios controlados, monitorizados con dispositivos, que permitan ver qué capacidad física tiene el paciente después del infarto. Esto facilitará que pueda andar, subir pisos incluso, dependiendo de cómo haya quedado», explica.

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La edad y el sexo son dos de los principales factores que afectan a las probabilidades de sufrir un infarto. Los hombres suelen tener infartos a edades más tempranas que las mujeres (entre los 40 y 50 años, frente a los 50 a 60 de ellas). «Ser diabético o fumador también son factores de riesgo, así como el colesterol, la obesidad y el sedentarismo. Todos estos factores aumentan las probabilidades del infarto. A esto hay que sumar antecedentes familiares de primer grado que hayan tenido problemas cardíacos. Si tienes factores de riesgo coronario, a partir de los 55 años hay que tener más cuidado y llevar un control con un cardiólogo», dice Macaya.

Lo principal, apunta Macaya, es «tener hábitos de vida cardiosaludables. Tanto una buena alimentación, como hacer ejercicio de forma regular, son muy importantes. El sedentarismo es muy malo. Si se es hipertenso o diabético, también es importante controlar esas enfermedades adecuadamente. Si se tiene colesterol, tratarlo. Y no fumar, por supuesto».

Tras un episodio coronario, se puede prevenir la aparición de otro infarto con estos mismos hábitos cardiosaludables, pero también corrigiendo los factores de riesgo cardiovascular alterados, tomando la medicación prescrita por el cardiólogo y realizando controles médicos periódicos. «Siguiendo estas pautas, se ha demostrado que las probabilidades de un nuevo infarto se reducen considerablemente», asegura Fernández-Ortiz.

Otro hábito que puede ser beneficioso incorporar es acostarse a una hora prudente, según un estudio reciente realizado por la Universidad de Exeter (Reino Unido). Los investigadores analizaron datos de casi 90.000 personas a lo largo de unos 5 años y encontraron una asociación entre el inicio del sueño y eventos cardiovasculares. Descubrieron que el riesgo de infarto se incrementaba en aquellas personas que se acostaban a partir de la medianoche y disminuía para los que se iban a dormir entre las diez y las once. Aunque aun faltan estudios que demuestren una relación causal, sí está claro que una de las claves de la salud cardiovascular es lograr una buena noche de sueño, que debe durar no menos de 6 ni más de 9 horas. 

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